Eduardo
comenzó a jugar a los doce años. A la Escoba de 15, con sus compañeros de
escuela y amigos del barrio. Tenía cierta habilidad, ganar no era difícil y las
cartas le gustaban. “Sentía que podía ganar”, dice hoy, con más de 70 años. De
a poco, la baraja se convirtió en una fuente de ingresos, él y sus amigos empezaron a apostar algunas
monedas cada mano. Eduardo trabajaba de lustrabotas y la plata que conseguía,
la intentaba multiplicar con las cartas.
Su madre murió cuando él tenía 16. Quedó al cuidado de su padre y sus
hermanos mayores, que no le prestaban mucha atención. Se sintió más libre, con
la responsabilidad de madurar y resolver sus problemas de dinero, y así se
metió más y más en el juego y las apuestas. Conoció el hipódromo y quedó
fascinado con las carreras de caballos, ahí encontró otro mundo donde probar
suerte.
Eduardo no tenía una necesidad. “Primero soñaba con comprarle un chalet
a mi mamá. Después, con vivir bien”, recuerda. Se sentía capaz, con suerte.
Apostaba toda la plata que tenía a mano para acercarse a sus sueños, aunque la
mayoría de las veces se iba con la billetera vacía. De un momento a otro, la
situación se puso más compleja: las apuestas no le daban ganancias, pero
¡cuántas veces perdió sólo por una cabeza!, pensaba seguramente que estaba a
una carrera de conseguir una fortuna. Necesitaba conseguir dinero, para poder
apostarlo. Perseguía el sueño de una vida cómoda, pero se atoraba en el medio.
Eduardo se estaba enfermando y hoy lo reconoce: “Una vez, ya estando
casado, salí del trabajo y me jugué el sueldo, con el aguinaldo y todo, e hice
la denuncia en la comisaría como si me hubieran robado. Le mentí a mi familia
también, ¡mentiroso, caradura!, me puse el traje de actor. Había perdido la
confianza de todos. Me echaron de un montón de trabajos y hasta le robé plata a
mi padre para jugar”.
Tocó fondo y sintió vergüenza.
Quiso corregir su conducta: “Quería dejar, todos los días. Me preguntaba
¿para qué me metí en ese tobogán, con una señora y dos hijos? Iba a los
boliches, y me jugaba todo. Cuando perdía le pedía a Dios que me encuentre el
camino, que estaba, pero yo no podía verlo. Todo eso me hizo mucho daño”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica a la ludopatía como un trastorno del control
de los impulsos, catalogado como una adicción, que presenta “un comportamiento
de juego desadaptativo, persistente y recurrente”. Jorge Ballester, Licenciado
en Psicología, asegura que el juego compulsivo es “una enfermedad que no tiene
cura, a lo sumo se puede detener. Es una enfermedad crónica y, si no se hace
nada, es progresiva”.
Para identificar a un jugador
patológico, la OMS propone reconocer en esa persona a por lo menos cinco de
estos diez ítems:
1. Constante preocupación por el juego
2. Necesidad de jugar con cantidades crecientes de
dinero
3. Fracaso repetido de los esfuerzos para controlar,
interrumpir o detener sus apuestas
4. Inquietud o irritabilidad cuando intenta interrumpirlas
5. Utiliza al juego como estrategia para escapar de problemas
6. Después de perder dinero, apuesta más para intentar recuperarlo
7. Se engaña a los miembros de la familia, terapeutas u
otras personas para ocultar el grado de implicación con el juego
8. Se cometen actos ilegales, como falsificación,
fraude, robo, o abuso de confianza, para financiar sus jugadas
9. Se han arriesgado o perdido relaciones
interpersonales significativas, trabajo y oportunidades educativas o
profesionales debido al juego
10. Se confía en que los demás proporcionen dinero que
alivie la desesperada situación financiera causada por las apuestas
Existen diversos puntos de vista sobre este problema: una mirada es
castigadora, culpa al enfermo e intenta aislarlo porque lo considera peligroso;
otra es compasiva y genera tratamientos para cambiar su realidad; y otra
observa solo el descontrol financiero, cree que la solución es regularlo e
ignora las consecuencias sociales que produce el hábito. El licenciado
Ballester señala que “el fenómeno se naturaliza, porque se repite muchas veces y
empieza a ser normal”.
Para entender mejor por qué los jugadores compulsivos son adictos,
quizás haya que tener en cuenta que la palabra adicción proviene del latín adictum,
que en la antigua Roma era el nombre que se les daba a los hombres libres que
para saldar deudas que no podían pagar, se hacían esclavos de sus acreedores. La
relación es evidente: los jugadores se esclavizan ante el juego, se ponen a
merced del sistema. La dependencia es una característica de esta enfermedad.
Los jugadores dependen de todo y no son capaces de controlar nada de lo que
pasa a su alrededor. Dependen del azar, dependen de sus familias, de la sociedad,
del estado, dependen de alguien que se haga cargo de ellos y sustente con
dinero su adicción.
El juego ya estaba presente en la Antigüedad. Los egipcios, el pueblo
más antiguo, jugaban. Los romanos incluso tenían una diosa a la
que representaban como una mujer ciega y pelada -también era la diosa de la
oportunidad, que según el dicho “la pintan calva”, porque a veces no se puede
agarrar ni por los pelos- subida a una gran pelota, para expresar la
inestabilidad de sus decisiones.
“Beti” atiende en una agencia de quiniela y lotería en Retiro. Su
trabajo de hace 18 años es formar parte de un sistema que ofrece a cualquier
persona la posibilidad de engordar la billetera, en cuestión de horas. “Conozco
a todos los que vienen a jugar. Cuando entran a la mañana, vienen también a la tarde y a la noche”, comenta Beti. Según ella, la mayoría de las
jugadas es de 100 pesos y a la agencia le conviene que los
jugadores ganen “porque siguen jugando, si antes ponían un
peso, después tres”. Con toda la experiencia que tiene en el tema, Beti
cuenta que el motivo principal de sus clientes para realizar una apuesta son sueños. "Nos preguntan qué número es, nosotros nos fijamos en un librito y les
decimos, después elijen si juegan de cuatro, tres o dos cifras”.
Las supersticiones acompañan y realimentan el juego compulsivo,
incrementando en los adictos una obsesión por la suerte. “El jugador cree que
puede influenciar en el destino, que puede adivinar lo que va a pasar porque es
especial”, explica Ballester. “No se puede ganar siempre, eso es una ilusión.
Por eso, en las terapias se busca una desilusión y se trabaja la parte
espiritual, que es lo contrario y complementario a lo material”, agrega. La
clave para frenar el impulso ludópata parece estar allí, en el fortalecimiento
del espíritu.
La fuerza de voluntad como puerta de salida
Para abandonar el hábito, lo
principal es tener ganas de cambiar, tener el deseo de terminar con el
sufrimiento y buscar una solución sin apuestas. Eduardo había llegado a una
situación límite que no quería en su vida ni en la de su familia. A su problema
con el juego, sumaba adicciones al cigarrillo y al alcohol. “En
general, el mecanismo adictivo es global. Junto a una adicción, se desarrollan
otras. Es común que la ludopatía se acompañe con alcoholismo y
tabaquismo”, dice el psicólogo Jorge Ballester, que también hace una salvedad:
“El juego patológico no es un vicio”. Eduardo sufrió lo peor de su trastorno,
que es incurable, pero se animó a intentar controlarlo. Entró a Alcohólicos
Anónimos, la ONG para recuperar a adictos a la bebida con mayor repercusión
internacional, y comenzó a tratar su enfermedad. Pero si bien intentaba no
beber más, en esa organización no supieron ayudarlo con su ludopatía. Un
compañero del tratamiento le sugirió que vaya a Jugadores Anónimos, cuya
existencia Eduardo desconocía, y lo animó a que se presentara en una sesión.
Así es como hizo el primer intento, que terminó después de seis meses: “Dejé de ir porque me robaron una camioneta que tenía, y no quería ir a las sesiones en bicicleta porque hacía frío”, explica. Los avances que había logrado sobre su enfermedad resultaron en un fracaso. “Seguí jugando. Un día fundí el kiosquito que tenía en mi casa, lo hice pomada. Y mi señora siempre trabajó, ella pagaba la olla, porque de mí no se podía esperar nada. Hice sufrir mucho a mis hijos, pasamos muchas miserias… Mi casa estaba destruida, eso era lo que yo representaba”.
Al volver a caer, se encontró peor que nunca y a su familia terriblemente afectada. Entonces reinició el tratamiento, volvió a Jugadores Anónimos y está en recuperación hace 8 años: “Estoy bien, me va bien. Mi recuperación fue espiritual, estoy tratando de encontrar ese camino para ser un hombre mejor cada día. No quiero perder más lo que perdí. No quiero mentir más”.
Así es como hizo el primer intento, que terminó después de seis meses: “Dejé de ir porque me robaron una camioneta que tenía, y no quería ir a las sesiones en bicicleta porque hacía frío”, explica. Los avances que había logrado sobre su enfermedad resultaron en un fracaso. “Seguí jugando. Un día fundí el kiosquito que tenía en mi casa, lo hice pomada. Y mi señora siempre trabajó, ella pagaba la olla, porque de mí no se podía esperar nada. Hice sufrir mucho a mis hijos, pasamos muchas miserias… Mi casa estaba destruida, eso era lo que yo representaba”.
Al volver a caer, se encontró peor que nunca y a su familia terriblemente afectada. Entonces reinició el tratamiento, volvió a Jugadores Anónimos y está en recuperación hace 8 años: “Estoy bien, me va bien. Mi recuperación fue espiritual, estoy tratando de encontrar ese camino para ser un hombre mejor cada día. No quiero perder más lo que perdí. No quiero mentir más”.
Para abandonar el juego, Jugadores Anónimos propone que los grupos de mutua ayuda practiquen doce pasos o etapas:
1. Admitir una impotencia frente el juego.
2. Creer que un Poder más grande, surgido de una
concepción propia, podría devolver una manera normal de pensar y vivir.
3. Tomar la decisión de entregar vida y voluntad al
cuidado de ese Poder.
4. Hacer un inventario moral y financiero.
5. Reconocer ante uno mismo y ante otros la naturaleza
exacta de las equivocaciones.
6. Disponerse a eliminar los defectos de carácter.
7. Pedir a Dios (según el propio entendimiento), con
humildad, que elimine esos defectos.
8. Hacer una lista de todas las personas que se hayan
perjudicado con los errores pasados.
9. Enmendar a esas personas.
10. Rehacer el inventario personal y admitir los
errores del anterior.
11. Buscar a través de la oración y la meditación,
mejorar el contacto consciente con Dios, como se lo entienda.
12. Llevar el mensaje aprendido a otros jugadores
compulsivos.
¿Por qué es necesario invocar a un ser superior para superar la adicción? El licenciado Ballester responde que “el juego es superior para el
que no lo puede dominar, y hace falta un ser superior para contrarrestarlo. Se
demostró estadísticamente que, en las comunidades terapéuticas, quienes creen
en un poder superior se levantan mucho más rápido cuando caen”. Si bien la idea
de Dios o una divinidad puede
relacionarse inmediatamente con una religión, los miembros de esta hermandad -así es como se consideran los
integrantes de Jugadores Anónimos- destacan que “el mismo grupo puede invocarse
como poder superior, como fuerza de voluntad”.
Como complemento extremadamente necesario para el tratamiento de un
jugador compulsivo, existe el tratamiento de sus familiares y amigos. Si bien
ellos no padecen un trastorno, también se reúnen en grupos para superar juntos sus
problemas. En Argentina, Jug-Anon es la organización que complementa el trabajo
de Jugadores Anónimos, asistiendo al entorno íntimo del jugador, porque tiene
un rol preponderante en la reinserción a la normalidad que busca un ludópata,
cuando decide tratarse. Guido, esposo de una jugadora compulsiva en
recuperación, explica: “La recuperación de un familiar no tiene pasos tan
marcados como la del jugador. A grandes rasgos, es abrir los ojos y no bajar
los brazos, para no caer en una actitud cómplice. El principio básico es que un
jugador no debe manejar dinero. Hay que mostrarles que estamos atentos y
generar un ámbito sin juego. Parece difícil, pero se puede”.
La característica del anonimato reglamenta cada grupo de mutua ayuda en
las dos organizaciones. Los miembros de ellas destacan que lo importante no es
quienes son, sino lo que hacen y como siguen el programa. Por eso, ante
cualquier planteo polémico los voceros de Jugadores Anónimos se apresuran a
decir que sus grupos no participan ni tienen opinión sobre ninguna
controversia. A ellos sólo les importa tratar las adicciones de sus miembros
siguiendo el programa. “Hay que aprender a convivir con la oferta de juego.
Porque publicidad para apuestas, casinos y agencias hay por todos lados”, dicen
desde la organización.
Eduardo hoy está trabajando y dice sentirse fortalecido. “Estoy haciendo
algo y no sólo para mí. Todo lo que pasé fue por algo, pero lo puedo decir
porque estoy en Jugadores Anónimos, sino, no estaría vivo. No quiero más el
daño que hice. Quiero vivir de mis propias contribuciones. Quiero vivir”, dice
emocionado Eduardo. Lo que más le costó fue reconocerse como jugador
compulsivo, pero logró salir de sus problemas cuando trabajó sobre su
espiritualidad: “Yo digo que cada uno tiene a su Dios adentro, como lo conciba
cada uno. Ese "algo" es lo que me ayudó y me dio la fuerza para decir
basta”, comenta.
En su última etapa de una recuperación permanente, Eduardo recomienda a
todos los que se vean dominados por el juego, que se animen a formar parte de
los encuentros de la hermandad que a
él le cambió la vida: “Concurriendo a los grupos se puede tener una vida normal
y mejor que normal. Lo que vale es el despertar espiritual, porque se puede
empezar a reflexionar y sentir las cosas. Uno siente que afloran los
sentimientos y ahí empieza la vida normal. Antes me quería morir, ahora quiero
vivir. Estoy dando lo mejor que tengo ahora. Toda la vida me la jugué y ahora,
estoy jugando mi vida”.
ESTE ES UN TRABAJO REALIZADO PARA LA REVISTA ¡QUE FLUYA!
Si conocés a alguien que tiene problemas con el juego o vos mismo no
podés dominar tus deseos de apostar, Jugadores Anónimos puede ayudarte. En
Argentina, comunicate al (011) 15
44126745, a cualquier hora del día.





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